Clara duerme desnuda

Manuel llega de sorpresa en algún momento de septiembre, coincidiendo siempre con los dos últimos días en los que Clara duerme desnuda.  Porque después comienza el frío y la pijama.  Pero en septiembre ella sigue desnuda, y Manuel llega a su casa y a sus sábanas con dos cervezas belgas, muchas historias, y más ganas que nunca.

Clara también suele tener mucho que contarle, pero nunca lo logra.  A Manuel le encanta hablar, y le conversa tanto que ella lo escucha muchísimo y, mientras escucha, se toma una, luego la otra, y luego todas las cervezas que tiene en la nevera, pensando en dibujos.  Manuel también toma, pero prefiere hablar y observarla, así que toma más lento y menos mientras que mira a Clara embriagarse.

Manuel y Clara son amigos.  Y toman tantas veces cerveza durante ese par de días al año, que suelen terminar algo borrachos—Clara más que Manuel, lo cual lleva a que ella derrame un poco de cerveza de la copa de vino en la que la toma, y que luego Manuel eche un chorrito de cerveza sobre la cama, guiñándole.  Las copas nunca se quiebran, y Manuel, riendo, las regresa a la cocina.  Luego Clara recuerda que debe dormir desnuda, y comienza a quitarse la falda mientras que Manuel observa alguna de las nuevas obras de Clara, o mientras que le conversa sobre el salmón tan rosado que se comió en el último viaje, o mientras que sigue brindando por ella, con una nueva copa en mano.

Clara también toma cervezas sin Manuel.  Incluso por Manuel, algunas veces, cuando se lo imagina en alguno de sus viajes, conociendo a personas que ella nunca conocerá, o probando sabores que a ella nunca le gustarán, o comprando cuadros que ella nunca pintará.  Pero en esas ocasiones, Clara no mancha las sábanas, ni toma cerveza en copa.  Simplemente se sienta en el estudio, ojea una revista de modas o una novela rusa o un calendario de mariposas, y toma cervezas en un vaso blanco que le regaló su manager.

Manuel y Clara son amigos desde los ocho años.  Se conocieron en el colegio, cuando Manuel lanzó la pelota de golf que le cayó a Clara junto al ojo izquierdo mientras contaba orugas en el jardín.  Manuel se rió con sus compañeros, pero, al terminar el recreo, se le acercó a Clara para preguntarle si estaba bien.  Clara, sonriente y con un morado algo gigantesco junto al ojo, le pidió a Manuel que se acercara un poquito, y Manuel se emocionó y se acercó, y Clara le metió una oruga por la nariz.  Desde entonces, son amiguísimos.

Manuel es uno de los pocos que sabe que, por ejemplo, las paredes del apartamento de Clara están llenas de pintura, pero sus sábanas no.  Sus sábanas siempre están blancas y limpias y lavadas, porque ella las lava dos veces por semana para dormir como una princesa limpia, dice, y sonríe linda.  Las sábanas solo se ensucian cuando toma cerveza belga con Manuel, y se quedan manchadas por más de una semana, porque las princesas también se emborrachan, dice, y suspira hermosa.

Clara es una de las pocas que sabe que, por ejemplo, a Manuel le encanta la mezcla de desnudez y pintura y cerveza.  A ella también le encanta.  Descubrieron esa misma pasión durante la adolescencia, una noche en casa de Manuel, cuando sus padres estaban de viaje de fin de semana en alguna isla.  Los dos adolescentes robaron unas cervezas belgas de la nevera, y mientras que pintaban con acuarelas sus cuadernos de matemáticas, a Clara se le vio un poco de teta.  A ella no le importó, a Manuel le encantó, y desde entonces comparten eso de desnudez y pintura y birra. Amiguísimos.

La gente sabe mucho sobre la relación de Clara y Manuel, y la gente dice que Clara es lesbiana, o quizás incluso asexual, y que por eso a la esposa (tan fina) de Manuel no le molesta que su esposo vaya a casa de Clara en septiembre.  A los hijos de Manuel tampoco les importa, dice la gente.  Incluso la llaman Tía Clara, y ella les manda dibujos bellísimos por sus cumpleaños.  Clara, en cambio, ya no cumple años.  Ya no tiene edad, o nadie la sabe, o nadie se lo pregunta.  Pobre.  La gente dice que ella, tan artista, ha perdido todo: desde la reputación hasta la noción del tiempo.  Pinta en cualquier momento, y sus cuadros se venden tanto, pero solo en la ciudad.  Dicen que hace unos años, su manager le sugirió llevar sus cuadros a exposiciones internacionales, pero Clara se negó; piensa y pensó y pensará siempre que sus cuadros son solo para la gente de esta ciudad, lerda y gris, que nunca alcanzará los colores que tienen otros sitios.  La gente frunce el ceño y repite que Clara es lesbiana, o quizás incluso asexual, pero qué bien pinta, y le compran un cuadrito más para el comedor.

Manuel—después de que Clara se desnuda y se mete bajo las sábanas manchadas—se echa sobre las sábanas.  Ya no queda cerveza, y le pide a Clara que por favor le haga un retrato.  Ella siempre se niega.  Dice que cada vez que hace un retrato, no puede volver a ver a esa persona más, porque al plasmarla en papel la persona real desaparece.  Manuel le dice que no sea complicada, y ella le responde que no es por complicada, estoy diciéndote la verdad.  ¡Pero si es solo un retrato!  No quiero que desaparezcas, Manuel.  No voy a desaparecer, ¿cómo voy a desaparecer? Cállate, tengo sueño.  Y se quedan dormidos.  Juntos.

Clara pintó alguna vez un cuadro de una reina tomando una Delirium Tremens, su cerveza favorita y belga, la cual solo toma cuando viene Manuel y le trae dos.  Son carísimas.  Manuel vio el cuadro de la reina y se le pareció algo a su esposa, pero no se lo dijo a Clara.  Algunas veces, mientras que Manuel le habla sobre el mundo, Clara mira alguna de sus paredes, a las gotas de color que la pueblan, y piensa en la esposa de Manuel.  Clara pintó el cuadro de la reina pensando también en la esposa de Manuel.  Pero la esposa no desapareció.  Entonces Clara abandonó su teoría de los retratos y la desaparición, y simplemente pensó en cómo se vería ella misma con ese título: Clara, Esposa de Manuel.  Luego oye a Manuel hablándole y se ríen tanto y ella se repite que nunca se hubiesen podido casar, si fueron siempre solo amigos.

La gente de aquí aún no ha visto el cuadro de la reina.  Clara se lo mostró a su manager, al cual le fascinó.  Clara le dijo que se lo regalaba, porque no quería trazos de cervezas belgas en sus paredes.  Su manager le agradeció tanto, y, convencido de que ese cuadro sería el debut perfecto de Clara en el extranjero, lo mandó, sin decirle nada, a un concurso holandés.  El cuadro ganó el primer puesto.  Cierto comprador de cuadros quedó fascinado y quiso contactar al artista, y luego se enteró que en realidad era una artista lesbiana, y le pareció aún más interesante.  Entonces contactó a Clara, y ella, fumándose un cigarro en su balcón mientras miraba el amanecer, detestó a su manager.  Y, por supuesto, se negó a venderle un solo cuadro al holandés, porque le parecía un hombre incluso más gris que su ciudad.  Se negó también a contestar el teléfono durante las siguientes diez horas, sabiendo que eran más holandeses buscándola para hacerla famosa y colorida.  Nunca se le ocurrió que en realidad quien la llamaba era Manuel.

Manuel y Clara y septiembre una vez más.  Ahora las paredes de la casa de Clara son blancas, porque decidió que los brochazos de colores de sus paredes parecían de niña.  O de adolescente.  Es de noche, y Clara duerme (o intenta dormir) desnuda, pensando en lo blancas que están sus sábanas, y en cuánto le gustaría tomarse un agua mineral con gas.  Es de noche y es septiembre y suena el timbre y es Manuel, con el cual no habla desde hace tanto.  Lo último que supo de él es que se mudó con su familia al norte.  Y Manuel entra y le conversa y va a la cocina a traer copas mientras que se burla del manager y del gris y de la vida.  Se sienta sobre las sábanas.  Clara lo mira mientras que él mira a las paredes blancas, y las paredes blancas parecen mirarlos a los dos.

Clara rompe el silencio para rechazar la Delirium Tremens, gracias, ya no tomo alcohol.  Va (envuelta en sus sábanas limpias) a la cocina a servirse un agua con gas.  Luego entra al baño, se pone la pijama en septiembre, y le pide a Manuel que tenga cuidado con la cerveza, por favor.  Puede derramarse.

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