

Nada
Nada tiene sentido. Solo, en este apartamento grande y minimalista, cerca del mar, muy lejos de Sofía. Escucho las olas, indiferentes a la cuarentena, regidas solo por la luna, las corrientes, las ballenas, los desagües. ¿Hace la naturaleza también cuarentena? ¿Pausan los árboles sus hojas, retrasan el vuelo los halcones recién nacidos, dejan las nubes de gotear? No, no, porque lo veo desde mi ventana, la ciudad cada vez más verde, el musgo acomodándose en las aceras, las ramas de los cedros sin podar. Y me pregunto si Sofía. Si piensa en mí, si me escribe cartas secretas con esos garabatos que todavía no se asemejan a ningún abecedario, si sigue dibujando flores en las paredes de su hogar, que ya no es mío. Sofía que ya no es mía, sino solo de su madre, la reina del confinamiento, los muros, las reglas, el rencor.

El caudillo de la boca azul
Después de botar el chicle azul, la boca de Gerard sigue inmersa en el color. Se para, junta los talones y, dándome la espalda, hace un saludo militar. Gerard, le digo, please go back to your seat. Grita que no entiende inglés. Le señalo su asiento. Le repito la frase. Regresa a su silla saltando como una liebre en drogas, si es que las hay. Pero no las hay. Solo hay Gerard. Le pregunto a la clase, intentando ignorar los golpes de Gerard contra la mesa, si se acuerdan de las tres reglas que establecimos la primera semana del semestre. Sara, una niña con lentes y colmillos grandes, levanta la mano. Cuando la miro, baja la mano, voltea hacia la ventana y cierra los ojos. Luego Daniel, el más bajito, dice ¡yo yo yo! The rules in English, please, Daniel y dice ok ok y las enumera.

Clara duerme desnuda
Clara también suele tener mucho que contarle, pero nunca lo logra. A Manuel le encanta hablar, y le conversa tanto que ella lo escucha muchísimo y, mientras escucha, se toma una, luego la otra, y luego todas las cervezas que tiene en la nevera, pensando en dibujos. Manuel también toma, pero prefiere hablar y observarla, así que toma más lento y menos mientras que mira a Clara embriagarse.

Para Esteban
Nunca fuiste a un prostíbulo. ¿Te hubiese gustado? ¿Nos hubiésemos asqueado juntos, tomando whisky y jodiendo al Gordo viéndolo debajo de una negra tetona? Mientras más me adentro, más difícil es regresar. Una tarde en Bilbao, tomando una cerveza en uno de los hostales, vi a una niña bailando, cantando y haciendo reverencias. Sus papás le exigieron más de una vez que se callara, que no molestara, pero ella siguió. Y, claro, se llamaba Claudia. Nunca antes había oído ese nombre en España. Me dieron ganas de llamar a Claudia. Pedirle que viniera conmigo a ese hostal, pedirle que me perdonara todo, jurarle que había cambiado, hacer que me salvara, rogarle que me salvara, ahora que ni siquiera estás tú para quitarme las drogas del bolsillo, o el jarabe de la tos.